(Aclaración para ombliguistas: no pretendo criticar aquí a las personas, sino simplemente mostrar la dejadez con que se trata en nuestra sociedad la educación y cultura de los jóvenes).
Hace un par de semanas nos dijeron a mis compañeros de clase y a mí que éramos unos frikis. La frase fue directa, sin miramientos, cual flecha errante que alcanza un corazón ingenuo. Y no le falta mucha razón a quien la dijo. Su argumento era, en esencia, nuestra buena predisposición hacia el estudio.
Hubo un tiempo en que la figura del pensador estuvo bien valorada. Guerras intelectuales, soledad por filosofía, científicos que se reunían para hablar de sus innovadoras teorías y no del “alcorconazo”, y filósofos hasta las cejas de opio que exponían teorías fascinantes e inverosímiles. Pero ese tiempo, como el opio, ya no es guay. Ahora se llevan los porros, y nunca mejor dicho. Y que no se me ofendan -por favor-, porque en el fondo, desde mi frikura, les tengo aprecio. Me deleito -no soy el único- escuchando sus grandilocuentes y viscerales hipótesis sobre los grandes pensadores de la historia: “¡Ese era un subnormal! ¡Un reprimido de mierda que no tenía nada que hacer y se puso a sacar fórmulas matemáticas para jodernos!”. Analicemos un aspecto fundamental de la frase: llama subnormal al matemático. Tengamos en cuenta que subnormal es la persona inferior a la normal y que la cualidad que distingue al ser humano de la bestia es la razón. Pues bien, ¿quién es más normal, el pensador que desarrolla su razón para elaborar una fórmula o mi amigo, el guay, que mola mogollón, y ni matándolo utiliza la razón?
Mejor no respondan, se sobreentiende por el contexto.
Por supuesto: si se desea ser un intelectual -conato de intelectual, subnormal o cualquier apelativo que se le quiera dar- se ha de ver muchísimo la televisión, a todas horas. En general, en ella aparecen misses superdotadas -“Confucio inventó la confusión”- y famosos juglares recitando el Mío Cid de fin a principio.
Lo digo en serio.
Juan Luis Muñoz Fernández. 2ºBC

