VERITAS SIVE LIBERTAS

EL MUNDO DEL MIEDO

In "Distopía". Número 31 on Noviembre 1, 2009 at 11:48 am

El mundo del miedo, un mundo en el que sólo vale el beneficio propio y en el que sólo importan los intereses de uno mismo. Ese lugar se llama Tierra aunque no esté habitado por humanos, ya no lo son. Son máquinas robotizadas con un único fin que se disgrega en muchas necesidades “innecesarias” pero que al final se consideran vitales, ya que “ellos”  lo hacen creer así. Es lo que necesitan, es su prioridad, es para lo que viven,  para poder manipular a su propio pueblo.

Ningún gobierno, empresa o negocio se salva cuando hablamos de injusticia y manipulación. Todos quieren que sus ciudadanos tengan la falsa necesidad de hacer lo que ellos marcan concienzudamente, o ¿es que el miedo no nos ha privado de vivir libremente durante tantos siglos? ¿No es la mejor opción para conducir a un rebaño sin dirección? ¿Acaso no nos da miedo dejar de vivir cómodamente como hasta ahora? ¿No nos abruma la idea de dejar de vivir sin haber conseguido las metas que, muy conscientemente, han marcado personas ajenas a nosotros pero que, aun así, las seguimos?

Vivimos en un pequeño rebaño, somos borreguitos que están a merced de un tirano pastor que sólo busca de su rebaño el miedo al lobo que nunca llegó y que en realidad no tiene los dientes tan afilados como nos cuentan. Pero somos inocentes y nos dejamos llevar por esa sensación de alivio al pensar que estamos protegidos por nuestro sabio y poderoso “amo”; ese que sólo quiere el beneficio que obtendrá de nuestra piel, lana, y vida; ese que nunca sentirá la satisfacción de hablar sin manipular, trabajar sin oprimir y vivir con libertad; ese que habla de felicidad sin haberla conocido. Por eso nos olvidamos de que la injusticia nos rodea y, al recordarlo, nos aborda la impotencia y seguimos sin hacer nada.

¿Qué puede hacer un solo hombre ante la inmensa humanidad?

Rebeca Hernández García 1ºAC

¿NO SABES QUE ERES HOMBRE MUERTO?

In "Distopía". Número 31 on Noviembre 1, 2009 at 11:46 am

Acostumbro, antes de cerrar los ojos y planchar la oreja en mi vieja almohada, a deleitarme con algún temilla musical que estén echando por la radio. Me relaja y me hace olvidar, al menos por un momento, los problemas que me haya podido causar la jornada u otros dilemas mentales que duran algo más de un día. Una de esas noches cabeceaba medio dormido mientras escuchaba Dead meat (“Hombre muerto”), de Sean Lennon, hijo del difunto ex beatle, cuando, sin darme cuenta, giré la ruletilla cambiando bruscamente de canal y, de súbito, abrí los ojos y me dio un vuelco el corazón al par que escuchaba: “Al parecer la gripe porcina podría no sólo afectar a las mujeres embarazadas y a las personas con patologías desarrolladas, sino que cualquier individuo podría contagiarse”.

¿Creen que fue lícito interrumpir mi adormecida hora musical de tal tosca manera? Inclusive para decirme que cada vez tengo más posibilidades de morir por la maldita y empalagosa “gripe de cerdo”. Vaya una falta de respeto. Quizás pueda consentir que me hablen de ello durante las noticias del mediodía, puesto que yo, en mi deleite alimenticio, ignoro a posta toda palabra que me sea dicha. Pero, ¿consentir que me atosiguen de esa manera incluso en mi deleite musical y de descanso? Eso, jamás. Ni hablar del peluquín.

Así que, muy exasperado, giré de nuevo la ruleta y la canción me decía:

Dead meat, (Hombre muerto) / Don’t you know you’re dead meat? (¿No sabes que eres hombre muerto?) / Better not try and fall asleep now (Mejor no lo intentes, y ahora duérmete)

 Pues bien, ya que tanto insisten en que soy prácticamente un hombre muerto, iré al Lidl y me compraré un mp3 -que están en oferta- para poder escuchar música sin interrupciones y que, al fin, me dejen descansar.

Buona notte.

Antonio Fernández Jiménez. 2º AH

LOS MEDIOS Y EL MIEDO

In "Distopía". Número 31 on Noviembre 1, 2009 at 11:41 am

El mundo está al revés. Y yo con él, boca abajo. Corruptos de ambos lados que resulta que, ahora, no roban. Pandemias incurables que ahora resulta que se curan como un simple resfriado. Guerras que, olvidadas, se  ven arrastras por el agua hacia el sumidero, con todo su arsenal de plástico incluido. Y pensar que, en sólo un segundo, la actualidad se queda obsoleta.  Nos hipnotiza, aletargando nuestra acción, impasible ante la adversidad.

No es más que el miedo, a quien le servimos, en bandeja de plata, el pan nuestro de cada día. Nos acosa, mañana y noche, y nos hace estremecer, cuando se aproxima en modo de tormenta o diluvio universal, fijando el  cerco de nuestra guarida, avisados por las señales que emite la caja tonta, más sagrada que la Biblia. Amigo de algunos, enemigo de muchos otros, pero, al fin y al cabo, una excusa, como todo, para controlar el péndulo  que  se balancea, de derecha a izquierda, dirigiendo el ritmo del universo. Está en nosotros dejarnos poseer, o, simplemente, en nuestra naturaleza humana, codiciosa y destructiva, está en nosotros no engañarnos mutuamente.

La mano que mueve el péndulo es la mano que mueve el mundo. Hasta que no controlemos al portador de nuestros deseos, afanes, seguridad e inseguridad, tristeza o felicidad, seguiremos siendo presas del circo del desconocimiento, por el que amanece cada día, marcando el camino del que no nos hemos de salir y consiguiendo, así, que el  orden impere, con ayuda de los medios, y el miedo.

Ana María Gea Jiménez. 2º AH