Me encuentro perdido, desorientado en este mundo de falsedades sin saber quién soy realmente y sin saber cuál es mi verdadera personalidad y mis verdaderos pensamientos. Me he dado cuenta de que estoy transformado por una sociedad que me atrapa y me maneja a su gusto. Cada vez que abro la puerta, salgo a la calle y miro a mi alrededor, no veo más que endebles marionetas actuando y fingiendo ser lo que no son, manejadas por los políticos, las modas, las murmuraciones, las críticas… incapaces de pensar y actuar por sí mismos. Les observo perplejo, veo sus caras, rebosantes de felicidad, que esconden la angustia por querer formar parte de un mundo en el que no son admitidos ni entendidos. Se encuentran sin rumbo, vagando por esta larga vida sin ningún objetivo claro más que aquel que esperan los demás de ellos. Intentan ser perfectos aunque no lo consiguen, procuran no tropezarse entre los estrechos baches que se oponen ante ellos escondiendo su verdadera identidad, su verdadero carácter y mostrando una realidad muy distinta a la que les pertenece. A medida que avanzan en su camino, el odio, la envidia y el rencor van adhiriéndose a ellos, formando una dura coraza que siempre les acompañará y que les hará inmunes a cualquier alegría y satisfacción. Buscaban ser valorados y queridos por ser ellos mismos, pero se dieron cuenta de que debían alimentarse de hipocresía para no sangrar con las dolorosas espinas de las críticas. Quizás te haya sorprendido esta descripción y probablemente la creas exagerada, pero seguro que en algún momento tú también has sido así y es que nadie, ni el más transparente y sincero del mundo, es capaz de librarse de las garras de la hipocresía. Estamos atrapados en una continua mentira en la que somos quien queremos, pero no quien creemos ser.
Francisco José Fernández Martínez. 3º D

